miércoles, 5 de noviembre de 2014

A una Mujer especial, incondicional, única e irrepetible, Mi Madre: Victoria.

        ¡Agradecida estoy con el Creador por colocarme en el vientre de ese ser maravilloso que me trajo al mundo! Nueve meses fuiste mi sagrario, el sagrario en que Dios con tu colaboración iban realizando el misterio de mi vida, gracias por tu maternidad, gracias por mi primer hogar, que fueron tu matriz y tus brazos.
        Te descubrí como linterna humana, con cabeza y corazón. Como linterna iluminaste mis años infantiles y mis crisis adolescentes y mis aventuras de joven. Como linterna humana, preferiste iluminar solo mis caminos hacia el bien. Y como linterna con cabeza y corazón, intuiste mis dudas, y me las calmaste; captaste mis zozobras, y me decidiste por lo bueno; adivinaste mis desvíos y me ayudaste a rectificar mi rumbo…Gracias por haberme servido de linterna; pero sobre todo, gracias por el cariño y la bondad con que te manejaste como linterna mía.
        Te sentí como modeladora de mis instintos, y de mis pasiones, y de mis sentimientos. La delicadeza y la ternura de tu mano cariñosa me frenó  en lo instintivo, me controló en lo impulsivo y me orientó en lo sentimental. Y en tu acción modeladora ni te tembló el pulso a la hora de prohibirme, y de regañarme ante lo incorrecto; ni zozobraste a la hora de orientarme y de empujarme  para que pensara y para que obrara honestamente. ¡Gracias por tu constante vigilancia sobre mí!
        Me asombré al ver que fuiste para mí como un  águila retadora y cuidadora de sus hijos. Como el águila me invitaste muchas a veces a mirar hacia arriba y a aspirar a las alturas. Recuerdo me repetías "¡Has nacido para las alturas!", presentías mis temores y mis flaquezas, te me acercabas bajita, como el águila madre, y me sostenías, me reanimabas y me devolvías la confianza en Dios y en mí. Gracias por haberme lanzado a buscar las cosas de arriba!
Reviví tus reprimendas y castigos; y te reconocí como mi escultora. Soy lo que soy, por ti, Cincel y bisturí en mano, fuiste devastando mis torpezas espontáneas, fuiste extirpando mis vicios incipientes, fuiste limando mis frecuentes asperezas…como escultora de mi juventud y mi adultez. ¡Gracias por tu responsable mano dura a tiempo!.
        Recorrí los años de tu maternidad y me pareciste un cirio que se fue consumiendo ante el sagrario de cada uno de tus hijos. También  ante mí. En efecto: Por mi perdiste aquella lozanía, aquella agilidad, aquella alegría, aquella juventud…aquella belleza. Por mi te salieron canas, te salieron arrugas, perdiste fuerzas…Por mí,  como un cirio, te derretiste, te consumiste, te desviviste…Ahora sé lo que hiciste para iluminarme con la luz de tu ejemplo edificante y para entusiasmarme con tu generosidad siempre creciente. ¡Gracias por tu constante dedicación a mí!  ¡Gracias por entregarte desinteresadamente y por disminuirte para que yo creciera!
        Experimente de un golpe tu maternidad integral. No te conformaste con parirme, alimentarme, vestirme y hospedarme. Me abriste a la vida, me preparaste para la vida, me lanzaste a la vida…Para eso te hiciste niña conmigo, fuiste adolescente conmigo, viviste mi juventud conmigo, mi adultez fue contigo, y en mi crecer como madre, lo fui también contigo, siempre a conmigo, contigo, junto a mí, junto a ti…Y no como una camaleona, que solo cambia de color para que no la descubran. Tú te armaste del mimetismo más profundo y viviste cada uno de mis momentos, fundida conmigo. Para hacerme persona, para hacerme útil. Por eso hoy te siento más, Madre integral: Madre en mi gestación, madre en mi lactancia, madre en mi niñez, madre en mi juventud, madre en mi adultez. Todos esos modos de ser madre conmigo constituyen la integralidad de tu maternidad. Gracias Madre amada!!


Dios creo la mujer igual que al hombre, a su imagen y semejanza. La hizo carne de la misma carne del hombre. Pero fue Dios también  quien se la presento a Adán y quien la acompañó, y quien se quedó con ella para proyectar desde ella su Amor creador, de generación en generación.   (Cf.Gén. 1,22-26)