¡Agradecida estoy con el Creador
por colocarme en el vientre de ese ser maravilloso que me trajo al mundo! Nueve
meses fuiste mi sagrario, el sagrario en que Dios con tu colaboración iban
realizando el misterio de mi vida, gracias por tu maternidad, gracias por mi
primer hogar, que fueron tu matriz y tus brazos.
Te descubrí como linterna humana,
con cabeza y corazón. Como linterna iluminaste mis años infantiles y mis crisis
adolescentes y mis aventuras de joven. Como linterna humana, preferiste
iluminar solo mis caminos hacia el bien. Y como linterna con cabeza y corazón,
intuiste mis dudas, y me las calmaste; captaste mis zozobras, y me decidiste
por lo bueno; adivinaste mis desvíos y me ayudaste a rectificar mi
rumbo…Gracias por haberme servido de linterna; pero sobre todo, gracias por el
cariño y la bondad con que te manejaste como linterna mía.
Te sentí como modeladora de mis
instintos, y de mis pasiones, y de mis sentimientos. La delicadeza y la ternura
de tu mano cariñosa me frenó en lo
instintivo, me controló en lo impulsivo y me orientó en lo sentimental. Y en tu
acción modeladora ni te tembló el pulso a la hora de prohibirme, y de regañarme
ante lo incorrecto; ni zozobraste a la hora de orientarme y de empujarme para que pensara y para que obrara
honestamente. ¡Gracias por tu constante vigilancia sobre mí!
Me asombré al ver que fuiste para
mí como un águila retadora y cuidadora
de sus hijos. Como el águila me invitaste muchas a veces a mirar hacia arriba y
a aspirar a las alturas. Recuerdo me repetías "¡Has nacido para las alturas!",
presentías mis temores y mis flaquezas, te me acercabas bajita, como el águila
madre, y me sostenías, me reanimabas y me devolvías la confianza en Dios y en
mí. Gracias por haberme lanzado a buscar las cosas de arriba!
Reviví tus reprimendas y
castigos; y te reconocí como mi escultora. Soy lo que soy, por ti, Cincel y
bisturí en mano, fuiste devastando mis torpezas espontáneas, fuiste extirpando
mis vicios incipientes, fuiste limando mis frecuentes asperezas…como escultora
de mi juventud y mi adultez. ¡Gracias por tu responsable mano dura a tiempo!.
Recorrí los años de tu maternidad
y me pareciste un cirio que se fue consumiendo ante el sagrario de cada uno de
tus hijos. También ante mí. En efecto:
Por mi perdiste aquella lozanía, aquella agilidad, aquella alegría, aquella
juventud…aquella belleza. Por mi te salieron canas, te salieron arrugas, perdiste
fuerzas…Por mí, como un cirio, te
derretiste, te consumiste, te desviviste…Ahora sé lo que hiciste para
iluminarme con la luz de tu ejemplo edificante y para entusiasmarme con tu
generosidad siempre creciente. ¡Gracias por tu constante dedicación a mí! ¡Gracias por entregarte desinteresadamente y
por disminuirte para que yo creciera!
Experimente de un golpe tu
maternidad integral. No te conformaste con parirme, alimentarme, vestirme y hospedarme.
Me abriste a la vida, me preparaste para la vida, me lanzaste a la vida…Para
eso te hiciste niña conmigo, fuiste adolescente conmigo, viviste mi juventud
conmigo, mi adultez fue contigo, y en mi crecer como madre, lo fui también
contigo, siempre a conmigo, contigo, junto a mí, junto a ti…Y no como una
camaleona, que solo cambia de color para que no la descubran. Tú te armaste del
mimetismo más profundo y viviste cada uno de mis momentos, fundida conmigo.
Para hacerme persona, para hacerme útil. Por eso hoy te siento más, Madre
integral: Madre en mi gestación, madre en mi lactancia, madre en mi niñez,
madre en mi juventud, madre en mi adultez. Todos esos modos de ser madre
conmigo constituyen la integralidad de tu maternidad. Gracias Madre amada!!